lunes, 29 de septiembre de 2014

CAPITULO 27




Durante las siguientes dos semanas, las cosas progresaron según lo planeado. Para el público y los Nationals, su relación era una historia floreciente de amor en proporciones épicas. Incluso la señorita Gore estaba empezando a pensar que algo real estaba pasando entre ellos.


—¿Vas a llevarla a comprar un vestido para el evento de Navidad? — preguntó, mirándolo por encima del borde de sus gafas.


Pedro presionó la flecha hacia arriba en la cinta, con la esperanza de ahogar la voz de la señorita Gore y su propia voz interna molesta-como-el infierno. Habían hecho lo que hacía falta: tres citas a la semana y el pasar la noche los fines de semana, pero desde la noche en el sofá, las cosas habían sido tensas. No es que ellos no se llevaran bien, porque lo hacían.
Se llevaban bien ―famosamente, como lo había puesto la señorita Gore.


Ayer, había llevado a Paula a la casa club y le enseñó como sostener una bola curva, un change-up, y una bola rápida. 


Era ridículamente horrible en posicionar los dedos, al punto que era entretenido.


Después, habían almorzado con Antonio en Hooters por el camino.


A Antonio le gustaba Paula, más de lo que Pedro apreciaba, lo cual era estúpido, porque Dios sabía que no querían complicar las cosas.


Las cosas ya estaban jodidamente complicadas.


Sin mencionar que estaba masturbándose como si estuviera en la maldita escuela secundaria de nuevo. Treinta años de edad, un atleta profesional, más rico que el pecado, y estaba masturbándose cada día en vez de bajarse en una mujer. Eso es a lo que su vida había llegado.


Pero lo más jodido era que todavía podía conseguir un pedazo si quería. Infierno, sabía cómo ser discreto cuando lo deseaba, pero no lo hizo. No quería a nadie, excepto a la zorra pelirroja.


Paula consumía sus pensamientos cuando estaba con él, o lejos.


Por dos semanas, había estado en un estado constante de excitación que solamente había sido despertado por lo que había pasado entre ellos.


—¡Pedro! —espetó la señorita Gore. Se inclinó sobre el brazo de la cinta y golpeó el botón de parada de emergencia.


En el último minuto, se sostuvo a sí mismo antes de comerse la cinta. —¡Jesús!


—No del todo. —Ella dobló los brazos—. ¿Has estado escuchando?


—Sí. —Agarró la toalla del frente y bajó de la máquina de correr, limpiando su sudor—. La voy a llevar más tarde hoy, antes de cenar, a uno de esos malditos lugares que escogiste, y que me va a costar el salario de un mes.


La señorita Gore asintió con aprobación. —A Paula le gustará el lugar.


—¿Cómo sabes que le gustará? —Se arrancó la camisa y la tiró al cesto de la ropa. La señorita Gore no estaba tan afectada por ninguna desnudez parcial, después de todo.


Ella lo siguió hasta la cocina. —Me gusta, lo sabes.
Agarrando una botella de agua, levantó una ceja.
—A tus amigos parece gustarle ella, también. A ti parece gustarte ella.


Pedro bajó la mitad de la botella. —¿Qué quieres decir?


La señorita Gore se encogió de hombros. —Todo lo que estoy diciendo es que ustedes dos son realmente convincentes.


Lo que sea. Dijo eso en voz alta, también.


—Bueno, la buena noticia es que los Nationals están más que complacidos contigo —Una sonrisa orgullosa inclinó la comisura de sus labios, y pareció casi humana por un momento—. En el evento de Navidad que planean debes cerrar el trato. Debes estar feliz por esto. Falta solamente una semana y quedan algunos días raros.


Pedro no estaba feliz por esto.


—Por supuesto, no vas a conseguir librarte de mí tan fácilmente.


Por supuesto que no.


—Me quedaré para asegurarme que mantengas tu imagen — continuó—. Si jugamos bien nuestras cartas ahora, conseguiremos la simpatía del público después de tu separación de la señorita Chaves.


Sus ojos se estrecharon. —Oh, ¿así que vamos a hacerla la villana en todo esto?


—Mejor que tu saliendo de chico malo, ¿cierto? —La señorita Gore frunció el ceño— ¿Qué? ¿Eso te molesta?


Pedro no dijo nada, porque honestamente, ¿qué pensaría de él esta mujer si creía que estaba bien con eso? No había nada que ella pudiera decir que lo llevaría a dejar que Paula tomara la culpa. Contrato o no.


Después de un rato, la señorita Gore se fue, pasando a su hermano mayor Patricio en la salida. Los dos llegaron a un completo punto muerto en el vestíbulo. Ninguno se movería del camino del otro. No había dos personas más obstinadas en el mundo, se dio cuenta. Pedro los dejó averiguar cómo entrar y salir al mismo tiempo.


Más tarde, resultó que a Paula le encantó la Pequeña Boutique en 27th Avenue. Flotaba desde un perchero de vestidos brillantes a otro, mientras que él se sentaba en una de esas sillas que le recordaban a un trono, un trono rosado en el que la abuela de alguien tomaba una máquina de pedrería.


Con los ojos entrecerrados, la miraba sobre los primeros accesorios.


Ella tenía la vista en un collar que parecía ser una verdadera esmeralda colgando de una cadena de plata. Siguió pasando los dedos sobre él, y él pensó que la piedra se correspondería con sus ojos…


¿Qué diablos estaba pensando? ¿Un collar se correspondería con sus ojos? Dios, sonaba como Pablo.


Ella finalmente se acercó a los vestidos, para ir directamente a uno verde oscuro que parecía que abrazaría sus curvas. 


Esperaba que tomara ese. Su mirada cayó a su dulce y redondo culo, y tuvo que apartar la mirada antes de que las cosas se levantaran realmente incómodas allí.


En el mostrador, dos empleadas se reían y susurraban mientras lo miraban.


Tomando una profunda respiración, volvió a mirar a Paula
mientras se deslizaba más abajo en su trono rosa, extendiendo sus anchos muslos para conseguir un poco más de comodidad. La vio agarrar la etiqueta y luego fruncir el ceño. Dejó caer el vestido.


—¿Paula?


Lo miró por encima de su hombro. Su cabello estaba recogido en una coleta alta y un pañuelo de seda rojo brillante y púrpura estaba atado estrechamente a su cuello. —¿Qué?


—Me gustaba ese vestido. —Asintió al verde que había sostenido.


Acercándose a él, se enderezó los bordes del pañuelo. —A mí también.


—Entonces, pruébatelo.


Se mordió el gordo labio, y él estaba celoso. Quería morderlo… lamerlo. 


—Es demasiado caro.


Metió la mano en el bolsillo de sus vaqueros y sacó un caramelo que había robado del mostrador cuando habían entrado. —¿Cuánto?


—Ni siquiera quieres saberlo.


Arrancado el envoltorio, arrojó el dulce en su boca. —¿Cuánto?


—Demasiado —replicó.


—¿Cuánto, Paula?


Suspiró y entrecerró los ojos. —Es un poco más de quince mil.


Pedro ni siquiera pestañeó. —Pruébatelo.


—Pero…


—Pruébatelo —Cuando ella no se movió, arqueó una ceja—. O yo lo haré.


Su expresión severa se escabulló cuando se rió. —¿Eso se supone que me convence? Me moriría verte en ese vestido.


Pedro removió el caramelo, entrecerrando los ojos. —Me lo probaré justo aquí, en frente de las dos lindas señoritas del frente. Ya sabes, por el mostrador y las ventanas de cristal.


—Adelante —dijo, pero cuando él levantó ambas cejas, rodó los ojos e hizo un sonido de disgusto—. Bien.


Cuando ella se dio la vuelta, consiguió una imagen de la poca frustración haciendo temblar su paso y sus labios se dividieron en una sonrisa. Mordiendo el caramelo duro, la vio pasar junto a él con el vestido en la mano, disparándole una mirada oscura.


Por supuesto, en el momento que escuchó el suave clic de la puerta del vestidor, imágenes de ella despojándose de su ropa llenaron su cabeza.


Imágenes de ella meneando ese culo fuera de esos vaqueros y desabrochándose el sujetador, porque ese vestido era strapless, se burlaban de él.


Pedro cambió de posición en el bombardeante trono, sintiéndose a sí mismo hincharse.


Dos veces hasta ahora, Paula había detenido las cosas justo antes de que la verdadera diversión pudiera empezar. 


¿Complicar las cosas?


Como si la situación entera ya no estuviera complicada como la mierda.


Así que, ¿por qué no hacer lo que tanto quería? Porque él sabía que ella lo quería.


Mientras estaba sentado allí, la mierda más estúpida saltó en su cabeza. Pedro pensó en su padre. Ahora que era un hombre que había hecho bastante de lo que quería hacer, cuando quería. No que el comportamiento de su padre fuera algo que admirar. Infierno, la forma en que su padre se había comportado, como si el mundo fuera un parque gigante construido sólo para él, había jodido todas sus cabezas. Era por eso que Pablo se había mantenido el margen de Mariana, tanto como pudo, y por qué Patricia era una mierda de control, obstinada.


Y era por eso que Pedro actuaba como… bueno, como si el mundo fuera su patio de juegos.


Mierda.


Sentándose derecho, pensó lo que un jodido lugar hizo a tal
realización. Estaba sentado en un maldito trono rosa. Y pensaba que habría cambiado lo que iba a hacer, pero no lo hizo. Estaba cabreado, confundido, y caliente. No es una buena combinación.


Pedro se puso de pie y le arrojó a las damas de enfrente una sonrisa y un guiño. —Voy a ayudarla con la cremallera de su vestido.


Una de ella soltó una risita. —Haz eso.


Pavoneándose por el pasillo, llamó a la puerta e inmediatamente la abrió. La curva de una pálida espalda le dio la bienvenida. Había una peca justo al lado de su columna vertebral.


Sí, iba a conocer de cerca y personalmente esa peca.


Paula se quedó sin aliento y tiró alrededor, agarrando la parte delantera del vestido verde a su pecho. Sus ojos se abrieron cuando lo vio.


—¿Qué estás haciendo?


—¿Recuerdas cuando dije que estaba siendo un buen chico? Bueno, ahora estoy siendo malo.


—¡Pedro! —Su voz salió en un susurro—. Estamos en un vestidor.Hay personas afuera del…


—No me importa —Agarró sus brazos, no totalmente perdiendo la llamarada de calor en sus ojos. Oh, cariño, Paula tenía una chica traviesa en ella—. Hay algo que necesito hacer.


Paula abrió su boca, probablemente para hacer una tonelada de preguntas que valían mierda, porque esa mujer era inquisitiva como el infierno, pero silenció sus palabras con su boca. Besándola, sin contenerse. Le reclamó, forzando sus labios a abrirse, y justo cuando su cuerpo empezó a temblar, se apartó y la giró, así que su espalda estaba contra su frente.


—No deberíamos estar haciendo esto —dijo, pero su voz era ronca y traicionaba sus necesidades.


Él deslizó el material por sus caderas, dejándolo alrededor de sus tobillos. Entonces, besó esa peca y cuando la lamió, su espalda se arqueó.


Se enderezó, arrastrando sus manos por sus costados. 


Podía verla en el espejo, las puntas rosadas de sus pechos grava, rogando por él.


¿Quién era él para negárselo?


Chad acunó sus pechos con ambas manos desde atrás y bajó la cabeza, su respiración agitando las pequeñas hebras de cabello rojo. —Me gusta el vestido.


Los ojos de Paula estaban sólo abiertos a la mitad. —Ni siquiera me viste en él.


—Vi lo suficiente para saber que te verías bien fuera de él. —Rodó sus pezones entre sus dedos, haciéndola estremecer—. Así que sí, me gusta el vestido.


Su respiración estaba saliendo en cortos golpes. —Pedro, tenemos que parar esto. Esto no está…


Ella había agarrado sus manos, pero él fácilmente cogió sus
muñecas en una mano. Manteniéndolas capturadas bajo sus pechos, puso un beso contra su atronador pulso. —¿Esto no está qué? ¿Algo que no quieras? Mierda. Lo quieres.


Un estremecimiento sacudió su cuerpo, y sus pestañas bajaron completamente, abanicando sus mejillas sonrojadas. Pedro sonrió contra su cuello expuesto mientras deslizaba su mano libre por su vientre, amando la suavidad de su piel. Cuando sus dedos alcanzaron la banda de sus bragas, ella trató de tirar sus manos libres.


—Oh, no, no vas a ir a ninguna parte —Besó el lugar debajo de su oreja y fue recompensado con un escalofrío—. Vamos a hacer esto justo ahora.


En el espejo, podía ver sus dientes cerrarse en su regordete labio inferior y supo que la tenía. —Abre tus ojos —ordenó—. Quiero que me veas.


Las pestañas de Paula se levantaron.


—¿Ves lo que estoy haciendo? —Bajando una mano entre sus muslos abiertos, deslizó sus dedos bajo las bragas satinadas—. ¿Te gusta eso?


El calor estalló, volviendo sus ojos en una sombra esmeralda de verde. —Sí —jadeó.


Cepillando sobre sus pliegues húmedos, gimió profundo en su garganta. Ya estaba húmeda y lista para él.


Para. Él.


—Bueno, realmente te va a gustar esto. —Facilitó un dedo en ella, y no tomó mucho.


Las caderas de Paula inmediatamente rodaron en el ritmo, su culo presionando contra su polla una y otra vez, y si no era cuidadoso, iba a ser muy incómodo salir de la tienda.


Cuando sintió sus músculos empezar a temblar, le soltó las
muñecas y puso su mano sobre su boca, silenciando sus gritos. Ella lo sorprendió, sin embargo, cuando succionó uno de sus dedos en su boca mientras se corría. Sintió eso todo el camino hasta la punta de su polla.


Dejándola ir cuando estuvo seguro de que no colapsaría, puso distancia entre ellos. Tal vez esta no fue una de sus más brillantes ideas.


El olor de ella se aferró a él, todavía podía sentirla empujando contra él, y ahora no quería nada más que simplemente tomarla en el piso. Contra el espejo. Mierda, en cualquier parte.


Paula lo miró, con las mejillas encendidas y los ojos vidriosos, respirando entrecortadamente. —¿Qué hay de ti?


Sus labios se torcieron en una sonrisa. —Eso sólo complicaría las cosas.


Pedro


Se detuvo en la puerta. —¿El vestido está bien?


—Sí, pero…


—Bien. Lo llevaremos —Abrió la puerta y la inmovilizó con una última mirada. Hombre, si la miraba por más tiempo, iba a tenerla de rodillas o de espalda—.Y no discutas conmigo al respecto.


Paula lucían tan condenadamente sexy de pie allí, desnuda a excepción de sus bragas y su barbilla sobresaliendo tercamente.


Sí, necesitaba salir del vestidor ahora.


Pedro se alejó, cerrando la puerta detrás de él. Era una pena que sacarla de su cabeza no fuera tan fácil como cerrar una puerta.

domingo, 28 de septiembre de 2014

CAPITULO 26



Paula consideró ir desnuda. Los pantalones de pijama y la
camiseta se sentían demasiado en su piel hipersensible. Era demasiado vieja y demasiado realista para culpar al champán por el resplandor que se balanceaba en este momento o sus ultra-brillantes ojos mirando de vuelta en el espejo del baño fuera de la habitación de invitados.


Era 100% debido a Pedro.


Con su ex, nunca había estado tan encendida. Así de lista para el sexo que cada vez que se movía y su ropa rozaba su piel, quería llorar.


Diablos, la única persona que había dejado su cuerpo quemándola sin siquiera tocarla había sido Pedro. No estaba segura de poder hacerlo, pasar la noche sabiendo que estaba a sólo metros de distancia.


Después de sacar su cepillo de dientes de la bolsa de aseo, roció la crema dental en él y se puso a cepillarse los dientes con un poco demasiado vigor. Cuando terminó, cerro el agua y apretó el cepillo de dientes mientras miraba su reflejo.


—Me gusta el pijama.


Pedro llenó la puerta del cuarto de baño, asustándola. Sus pies descalzos se asomaban por debajo del dobladillo de los pantalones vaqueros que colgaban tan bajo en sus caderas que se preguntó si llevaba algo debajo de ellos. 


Había perdido la camisa y el suéter y se veían sus músculos sin grasa.


Buen Dios…


Parecía que alguien había colocado muescas al lado de sus caderas, y quería lamer las laderas esculpidas y luego pasar a cada dura ondulación. El hombre tenía un cuerpo para adorar.


Con el corazón desbocado, puso su cepillo de dientes de nuevo en la bolsa. Cuando estuvo segura de que su respiración estaba normal, se enfrentó a él por completo. —Pensé que te habías ido a la cama.


Su mirada era de párpados pesados. —No estoy cansado.


Se agarró del borde del lavabo con una mano mientras su pecho subía y bajaba rápidamente. Su mirada se sumergió a través de las delgadas aberturas, sus ojos eran de un azul profundo, intenso. Bajo su mirada concentrada, sus pezones se endurecieron y el fuego que se había puesto a cocer lento durante toda la noche corrió por sus venas. No había duda de su excitación. La camiseta era delgada.


El cerebro de Paula sólo se apagó y su cuerpo se hizo cargo. Con el pulso zumbando, no sentía ninguna necesidad de cubrirse. —No estoy cansada, tampoco.


Pedro estuvo sobre ella en un instante.


Su jadeo fue cortado mientras envolvía un poderoso brazo alrededor de su cintura y la atraía hacia él. Con su frente contra la de él, no había duda de su deseo o lo que él quería, tampoco. Sintió su excitación larga y gruesa presionada contra su vientre y sus rodillas se debilitaron. Se aferró a sus hombros, su piel caliente y firme.


Aquello era una locura. —No deberíamos estar haciendo esto.


Una mano se tensó sobre su cadera y la otra viajaba por la espalda, dejando deliciosos escalofríos a su paso. —Probablemente no —admitió.


Era bueno saber que estaban en la misma página, pero ella no se apartó y él tampoco. Llevó su mano a su cabello y acunó la nuca de su cuello. Su respiración salió en ráfagas cortas.


Pedro... —Su voz se desvaneció cuando la mano de la cadera fue hacia abajo, ahuecando su trasero. El calor explotó a través de su centro.


Sus labios estaban en su cabello, tentadoramente cerca. —Sí, no deberíamos estar haciendo esto. —Su voz era un gruñido—. Pero, ¿puedes decirme que no lo quieres?


Paula sabía que debería, pero las palabras no salían de su boca. No podía apartar la vista de la intensidad de su mirada.


—No lo creo —dijo, y bajó la cabeza. Sus labios rozaron el inferior suyo, y sus manos se apretaron sobre sus hombros—. Quieres esto tanto como yo. —Para acentuar sus palabras, se movió contra ella, y reprimió un gemido—. ¿No es cierto,Paula?


Oh, ella lo hacía.


Pedro hizo otro barrido lento, burlándose contra su boca. —Admítelo.


La mano en su trasero se apretó, y luego la levantó sobre la punta de los dedos de los pies para que su erección presionara en su núcleo. Sus ojos se cerraron y abrió la boca. Cuando la besó, su lengua se deslizó sobre la de ella y luego a través del techo de su boca, y gimió suavemente.
—Admítelo —dijo contra sus labios.


Ella negó con la cabeza.


Sonrió y deslizó su mano del cuello, hasta llegar a su dolorido pecho.


En un primer momento, su mano apenas pasó rozando las crestas, provocando un gemido ahogado en ella. Entonces su pulgar encontró el pico endurecido y se burló de la protuberancia hasta que estuvo respirando tan pesadamente como ella.


—Quiero escucharte decirlo, Paula —El pulgar y el dedo índice le pellizcaron el pezón, y gritó. Una sonrisa satisfecha dividió sus labios—.¿Paula?


Apretó la boca cerrada.


Desafío brilló en los ojos de Pedro. Dejó ir su trasero, se deslizó hacia abajo y luego colocó ambas manos sobre sus pechos. Bajando la cabeza,cogió el otro pico con la boca y lo chupó a través del fino algodón. Ella gritó por el placer que la recorría.


—Dilo —bromeó, mordiendo suavemente.


Paula apenas podía pensar en torno a lo que estaba haciendo. Sus dedos se burlaban de un pezón mientras su boca torturaba al otro. La levantó, hasta que se apretó contra la puerta de la ducha de vidrio. El frío en la espalda y el picor en la frente envió a girar su mente.


Mientras chupaba más duro, deslizó una mano por su vientre y sobre el borde de la cadera, y luego al frente. Metió la mano entre sus muslos, moviendo los dedos hacia abajo de la costura de su pijama, creando una fricción salvaje. Sus caderas rodaron contra del movimiento mientras presionaba su cabeza hacia atrás. Se fue humedeciendo entre sus piernas, tan cerca de liberarse que estaba segura de que su corazón iba a explotar en su pecho. Su cuerpo se estremeció.


Entonces Pedro la soltó, dando un paso lejos de ella. Sus manos se cerraron en puños a los costados mientras permanecía de pie frente a ella, y pudo ver la longitud de su erección presionando contra sus vaqueros. Él la miró como un hombre a punto de perder todo control.


—Dilo, Paula, o que Dios me ayude...


Un escalofrío la recorrió. —Sí.


—¿Sí qué, Paula? —La profundidad de su voz la acarició.


Un calor insoportable se construyó. —Sí. Te deseo.


Paula nunca había visto que un hombre se moviera tan rápido. Sus brazos estuvieron a su alrededor, sus labios exigentes y deslumbrantes.


Pedro le dio la vuelta y se movió hacia atrás, fuera del baño, su boca nunca dejó la de ella. Sus manos estaban por todas partes, en las caderas, los pechos, deslizándose entre sus muslos.


No llegaron a la habitación.


Cuando la parte de atrás de sus piernas golpeó el sofá, metió los dedos debajo del borde de la parte superior de la camiseta. No le dio mucha oportunidad de sentirse cohibida, tiró el material hacia arriba y lo quitó.


Retrocediendo el brazo extendido, vio los músculos de sus hombros y el bulto en su pecho y se tensó, quitándole el aliento. —Eres tan hermosa —dijo de una manera que hizo que sonara como una plegaria.


Su corazón se agitó locamente mientras estaba de pie ante él,dejando que se llenara de ella. Un rubor recorrió por su cuello y viajó hacia el sur. Nunca había estado de pie así antes, dejando que un hombre se empapara de ella. Se sintió intensamente vulnerable, y en el mismo sentido, profundamente poderosa.


Pedro se adelantó y cuando le puso una mano en la mejilla, juró que temblaba. —Tan jodidamente hermosa —dijo de nuevo, besándola suavemente.


—Gracias —susurró.


Sonrió, y puso sus manos en sus hombros, empujándola hacia abajo hasta que estuvo sobre su espalda y él estuvo de rodillas sobre ella. Luego, sus labios estuvieron en la curva de sus pechos. Cuando lamió y chupó, su otra mano se deslizó entre sus piernas hacia su núcleo. Se presionó contra su palma mientras tocaba con las yemas de los dedos su duro pecho y el estómago, y luego bajó.


Su gruñido de aprobación le trajo una sonrisa a los labios. 


Entonces estaba tirando sus pantalones hacia abajo y ella se levantó, ayudándolo en el proceso. Sus ojos se encontraron y el aire golpeó fuera de sus pulmones.


Definitivamente no había vuelta atrás de esto, tan malo o loco como sea.


Pedro abrió sus muslos, y entonces la llenó. Un dedo se deslizó dentro de sus pliegues resbaladizos, estableciendo un ritmo alucinante mientras su boca capturaba sus suaves gritos.


A diferencia de la última vez, lo iba a tocar.


Paula tiró de sus pantalones vaqueros por sus piernas y su dura longitud caliente cayó sobre su muslo. Dios mío, era grande—más grande de lo que esperaba. Envolvió su mano alrededor de su base y se quedó quieto, con el dedo en su interior.


—Paula —gruñó al cabo de un rato—, si me tocas, no voy a durar.Te quiero demasiado como para jugar.


Sus palabras zumbaban en su sangre, se fundió en una piscina de calor. Quería que perdiera el control, para demostrar hasta qué punto le afectaba. La mano de Paula se deslizó a lo largo de él, y le encantó cómo su cuerpo se sacudió con su toque. Lo hizo de nuevo, y la recompensó deslizando otro dedo dentro de ella. Su pulgar de deslizó y clavó su lengua en su boca. Se movían el uno contra el otro, sus caderas chocando. Un temblor recorrió a Pedro, transfiriéndose a ella. Cada músculo enclavado.


Los movimientos de Pedro se aceleraron, sus dedos entrando y saliendo de ella mientras movía su mano sobre su sexo palpitante.


Cuando presionó hacia abajo al manojo de nervios, su mundo se inclinó y luego voló en pedazos. Sus besos atraparon el sonido de su liberación mientras estallaba, su cuerpo dando espasmos contra él y con la mano apretando su sexo. Pedro dejó escapar un gemido harapiento mientras marcaba sus caderas en la mano. Mientras réplicas sacudían su corazón y todo su ser, Pedro se vino con un rugido, su gran y duro cuerpo contra el suyo más suave.


Se colocó hacia abajo y tentativamente trasladó la otra mano a su cabeza inclinada, pasando los dedos por su cabello. Se retorció con su toque, inclinando la cabeza hacia un lado. 


Oscuras pestañas enmarcaron sus mejillas mientras lo acariciaba. Se quedaron así durante varios segundos, y luego abrió los ojos.


—No he terminado contigo —dijo—, todavía no. No hasta que esté dentro de ti.


Lo sintió endurecerse y ponerse más pesado contra su vientre, y un escalofrío la sacudió. Ah, sí, le gustó el sonido de eso. Su cuerpo estaba preparado y listo.


Pedro merodeaba por encima de ella, y se sentía bien estar enjaulada entre esos poderosos brazos, pero cuando le besó la frente enrojecida y luego la punta de la nariz, perdió un poco de sí misma para siempre. El gesto dulce se extendió por ella, y cerró los ojos contra la súbita oleada de lágrimas.


No había nada sexy en lo que acaba de hacer, nada sexy en la forma en que se trataba de dos cuerpos uniéndose con un objetivo en mente. El acto era algo que hacían los amantes, y su corazón se llenó tan rápido que temía decir algo estúpido y horrible.


Se deseaban el uno al otro, sí. Había una atracción mutua, poderosa entre ellos, sí. La iba a llevar a un placer que nunca había imaginado, sí.


Pero nada de eso cambiaba el hecho de que hasta ahora estaban fingiendo.


No había sentimientos. No había futuro. Toda la situación era por el hecho de que Pedro podría ser increíblemente encantador.


Sin embargo, tener relaciones sexuales con él, formaría un tipo de relación íntima, iba a ser mucho más difícil romper y superarlo cuando terminara este mes y nunca lo volviera a ver.


Paula había conseguido su corazón roto antes, y realmente no quería experimentar ese peso aplastante de nuevo, no con alguien como Pedro, de quien dudaba que pudiera recuperarse fácilmente.


Por segunda vez, puso un freno a lo que estaba pasando entre ellos.


Colocó las manos sobre sus hombros y lo empujó. No fue un fuerte empujón, pero él se calmó y se quedó mirándola con esos profundos ojos como el océano. —¿Qué?


Tomó un respiro y tartamudeó. —Creo que... creo que deberíamos parar aquí.


Sus ojos buscaron los de ella intensamente, buscando respuestas de que no estaba dispuesta a rendirse fácilmente. —Sé que quieres esto.


—Lo hago. —Oh Dios, siempre lo hacía. Tomó todo su esfuerzo para mantener quieto su cuerpo—. Pero esto sólo va a complicar las cosas,¿verdad? —Retiró las manos y cerró los puños sueltos en el aire entre ellos—. Y a finales de diciembre vas a seguir tu propio camino y... y yo voy
a seguir el mío.


Pedro la miró. Por un momento, pensó que podría decir algo acerca de no negar lo tanto que la deseaba, y extrañamente quería que tratara de convencerla de lo contrario, de cambiar de opinión y... ¿y qué? ¿Trabajar por esto? Esto no era nada.


Se deslizó fuera de ella y rápidamente se subió los pantalones vaqueros. —Sí, tienes razón. No queremos complicar las cosas.